10 - Mi mayor legado

Poco queda que contar en esta crónica. Me desperté varios días después, y pude comprobar la sospecha que teníamos sobre la provocación de la Plaza de los Bardos, que ahora marcaba un cinco.

A pesar de las palabras de Boreas, parecía ser que los marinos me seguían teniendo cierta aprensión, decidí entonces escribir lo que había vivido estos últimos meses en un medio que me garantizara no poder ser afectado por la influencia de la Magna Asamblea: esta historia tenía que ser recopilada en uno de mis objetos mágicos.

Me puse, pues, manos a la obra. El dolor me ha hecho perder el conocimiento más veces de las que me habría gustado, y muy a mi pesar he acabado ensuciando la mayor parte de las páginas debido al estado de mis dos brazos, pero, como podéis ver, estoy llegando al final.

Sorprendentemente, he escuchado que Xendar Boreas está logrando recuperar Lodestone de las garras de la Asamblea, desconozco los detalles, pero sin duda es una verdadera hazaña. Lo que me preocupa es que seguramente esté habiendo incontables bajas también en el bando de Boreas. Rezo por su victoria, pero no me corresponde a mí documentar esa batalla.

El aire que llega desde el oeste es cada día más frío, mucho me temo que una batalla a tal escala acabará cambiando el ecosistema de la zona para siempre, pero dadas las circunstancias no es un resultado tan malo.

En cuanto acabe de escribir este diario procederé a crear mi mayor obra. No será como ninguno de los objetos que he creado anteriormente, no pienso otorgarle propiedades mágicas como tal, sino ceder algo que ya tengo.

Voy a ceder a este libro toda la suerte que me queda.

Siempre he considerado que mi suerte era algo fuera de lo normal, y no sé si he logrado transmitir correctamente esa idea en estas páginas, pero considero fuera de lugar apoyarla con anécdotas de mi vida antes de llegar a este mundo. Solo espero que este libro acabe eventualmente en las manos adecuadas, en manos que sepan aprovechar esta información, y responder a ella de una forma que hiciera orgulloso a mi amigo Boreas.

Cuando se me presentó Entropia la última vez que usé mi poder, con la losa de piedra, me indicó que desde ese momento cargaría con el título de Mártir de los Desdichados, es irónico, seguramente sabía con certeza que iba a acabar haciendo esto.

Como última chispa de suerte, mientras terminaba de escribir las últimas páginas, mis pies han dado con uno de los objetos creados con mi poder que en su día decidí añadir a mi colección personal, esperando que algún día me fuera a ser útil: un tomo en blanco capaz de copiar los contenidos del libro que se coloque a su lado. Pensaba usarlo para tener acceso a algún que otro libro de tarifa aristocrática sin tener que pagar por ello, pero ahora puedo darle un mucho mejor uso. Solo he podido recordar su existencia gracias al arrebato que tuve hace unos días buscando algo útil para Boreas, dado que el libro había acabado bajo el escritorio en el que estoy sentado ahora.

En resumidas cuentas, mi plan será ceder toda mi suerte a la crónica que estoy terminando de escribir ahora, y dejarla en esta misma habitación. Confío en que la suerte acabará llevando este libro a la persona o personas adecuadas. En cuanto al segundo, dado que presentará los mismos contenidos y carecerá de suerte, como cualquier otro objeto inerte, veo mejor cargar con él hacia donde pueda entregarlo en persona a quien vea digno de él, si es que llego a vivir lo suficiente como para permitirme hacer eso.

¿Hacia dónde partiré? Eso lo tengo claro. En cuanto termine la batalla de Lodestone, de la que tengo certeza que Xendar saldrá victorioso, seguramente vuelva hacia la capital en mi busca, y le supondré la razón por la que no podrá dejar la ciudad hasta mi inevitable muerte. Mi condición no tiene cura, es impuesta por un dios. Es por esto que no veo mejor dirección en la que huir que hacia el oeste, precisamente en dirección a Lodestone. ¿Le parece ilógico al lector? Nada más lejos de la realidad. Sé que no nos cruzaremos por el camino ni nos volveremos a encontrar.

No correré esa suerte.

Capítulo anterior Volver Siguiente capítulo
9 - El legado de Boreas Norman I - Libro Harapiento -