7 - Cambio de actitud
Los eventos recientes nos preocupaban a Boreas y a mí por igual, pero a pesar de que la participación de él y sus hombres en la guerra marcaría una diferencia inestimable, se mostraba reacio a esta idea. Tras preguntarle la razón de su postura, me indicó que, aunque las gentes del pantano le reconocieran como un igual, eso no quitaba el hecho de que fuera el rey de un país extranjero: inmiscuirse en asuntos políticos ajenos era algo que no debía hacer. Siendo honesto, a mí me parecía una justificación demasiado vaga, quizá quería evitar bajas innecesarias en sus hombres antes de volver de su periplo, no lo culpo por ello.
Las próximas semanas el conflicto no hizo sino incrementar. Enormes flotas imperiales llegaban constantemente a las aguas del pantano sin lograr siquiera desembarcar. Los marinos tenían conceptos bastante avanzados de ingeniería naval, sabían fabricar robustos navíos pesqueros capaces de aguantar las peores tormentas en alta mar, y aunque estrictamente no necesitaban de embarcaciones para el combate, podrían haber creado con facilidad un buen número de barcos de guerra que no habrían tenido nada que envidiar a los del nuevo Imperio. No obstante, lo que decidieron no fue ni crear sus propias naves ni lanzarse a cada batalla sin ellas, sino reutilizar como provocación las que lograban robar después de cada ofensiva imperial.
A pesar de la clara ventaja que tenían los marinos al luchar en las aguas que tanto conocían, lo cierto es que todas las refriegas eran a escasos metros de la propia ciudad. A duras penas se podían calificar de batallas navales, y la actitud de los habitantes de la Capital del Mar ante sus enemigos no podía calificarse de otra forma que arrogante. Los marinos carecían por completo de estrategia alguna, nunca se planteaban siquiera tender emboscadas en alta mar, siempre esperaban que la ofensiva imperial llegara a sus puertas y nunca hacían ningún tipo de mantenimiento a los navíos robados, por lo que la flota de la capital a duras penas aumentaba en tamaño: ganaban todas y cada una de las batallas por pura fuerza bruta. Y toda esta arrogancia feroz se reflejaba también en los ciudadanos de a pie, en todas las refriegas llegaba a haber bajas civiles colaterales debido a balas perdidas que se llevaban por delante viviendas enteras: los marinos se negaban en rotundo al concepto de evacuación y cada vez que llegaba una nueva flota enemiga simplemente se recluía cada uno en su hogar con un gesto de hastío, en lugar de mostrar una pizca de la ansiedad que cabría esperar de la situación.
A lo largo de estas semanas había tenido varias discusiones con Boreas, algunas más caldeadas que otras, sobre su posición ilógicamente imparcial en el conflicto. Él siempre afirmaba que el pueblo del mar no quería recibir ayuda externa, a lo que yo siempre respondía que claramente la necesitaban, aunque fuera para minimizar bajas civiles. Siempre acababa replicándole que, si no planeaba actuar aquí, entonces no había nada que le impidiera continuar su viaje para salvar a su país, a lo cual me respondía un simple “No, todavía no”, y dábamos por concluida la discusión.
Notaba a Boreas cada vez más distante en estas discusiones, su actitud cada vez más indiferente hacia los habitantes de la Capital del Mar hacía que me hirviera la sangre, y sumado al dolor constante que sentía en el brazo, mi actitud también se estaba volviendo cada vez más irritable.
Es por esto que no se me pasó por la cabeza que la indiferencia de Boreas no pudiera ser hacia los marinos, sino hacia mí.
La situación dio un vuelco repentino un día como cualquier otro. Había llegado una nueva avanzada imperial, dispuesta a tomar la ciudad, como las anteriores. Los marinos levaron las anclas de sus barcos maltratados y se lanzaron a la ofensiva. Todo parecía ir como las anteriores veces pero, una vez lograron tomar el control del navío en el centro de la formación imperial, uno de los morteros que había en cubierta se disparó automáticamente con una potencia que no debería ser posible lograr con simple pólvora negra, destruyéndose por completo en el acto. Del mortero salió un impresionante arco de luz que acabó impactando en uno de los islotes de la bahía de la ciudad, desintegrando parte de su suelo y mellando de forma irreversible parte del mismo. Por otra parte, en lo que al barco respecta, el retroceso del disparo hizo que se hundiera rápidamente hasta estar sumergido hasta la cubierta, tras lo cual se partió en dos debido a la presión, y terminó de hundirse hasta tocar el fondo marino.
Lo más sorprendente de todo esto es que parecía ser que los invasores del Imperio se esperaban esta situación, así que antes de que los que habían abordado la nave pudieran reaccionar, los habían rodeado por completo y habían comenzado a disparar sus cañones a discreción. En medio de todo este caos, una de las embarcaciones imperiales logró llegar al muelle de la capital y desembarcar, y aunque fueron superados en cuestión de segundos, supuso un duro golpe a la moral marina. Aquel día hubo cuatro veces más bajas que de costumbre, y lo más preocupante de todo, los imperiales habían logrado destruir el ayuntamiento de la ciudad con aquel mortero de luz.
Fue ese mismo día cuando tuve la última de estas discusiones con Xendar Boreas. Mientras le imploraba que se incorporara a la guerra para apoyar al Gran Pantano, hice una observación sobre el extraño suceso del mortero.
“Podrían tener a un héroe con ellos”.
La reacción no solo De Boreas, sino de todos sus hombres presentes en mi habitación en ese momento, así como de la sacerdotisa encargada de mudarme las vendas, fue inmediata. Hasta ahora, la idea que tenía sobre la actitud de los habitantes del Pantano hacia los héroes era de aborrecimiento. Bien es cierto que había héroes tanto causando como resolviendo problemas por el resto del mundo, pero no los consideraban verdaderas fuerzas de la naturaleza como yo hacía, sino que más bien los veían como individuos poderosos como los que surgen en cualquier lado de vez en cuando. Incluso el incidente de Boreas en Lodestone era visto en la Capital del Mar como una anécdota empoderadora: las bajas habían sido mínimas, y un solo hombre había podido contra un presunto héroe antes de que los problemas que estaba causando hubieran ido a más. Es por esto que me sorprendió la reacción unánime de todos en aquella sala, especialmente la de Boreas, el protagonista de dicha anécdota.
Fue esto, sumado a mi cada vez peor irritabilidad, lo que me hizo realizar una asociación incorrecta, y poner en palabras el mayor malentendido que podría habérseme ocurrido:
“Ahora entiendo. No participas en la guerra porque quieres que tus hombres sigan ilesos para el viaje de vuelta, y no te vas aún porque estás esperando a que se curen mis heridas para que te acompañe. ¿Pues no es el apoyo de un héroe lo que buscabas, amigo mío?”
Pude ver claramente cómo en la cara de Boreas se reflejaban numerosas emociones marcadas en un solo instante: ira, decepción y, finalmente, tristeza. Tras esto, Boreas se limitó a apretar sus puños y hacer un gesto a sus hombres y a la sacerdotisa para que dejaran mi habitación y, sin alzar la voz un ápice, me respondió con un apagado “Te equivocas, Norman”, antes de irse él también.
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