9 - El legado de Boreas
Los hombres de Boreas habían comenzado a hacer los preparativos para partir a una batalla perdida, y mientras tanto yo no podía parar de darle vueltas a aquello que parecía haber querido decirme Boreas antes de despedirse. ¿Qué podría haber sido tan difícil de decir para aquel hombre que no conocía el miedo? ¿Estaba quizá relacionado con lo que dije hace unos días? ¿Por qué le ofendería tanto?
Entonces la realización de mi malentendido me cayó encima como un jarrón de agua fría. La razón por la que tenía que partir hacia Lodestone era la misma por la que no se había ido aún del Gran Pantano, Boreas era un gran monarca, uno que mantenía todas sus promesas y solucionaba todos los problemas que consideraba responsabilidad suya. Cuando aquel fatídico día en Lodestone se situó entre el vidente vanidoso y yo lo hizo para protegerme, pero aún así tuve que forzarme a perder el brazo con tal de salvarnos a los dos. Xendar consideraba que había fallado en su cometido, y que mi recuperación era responsabilidad suya, por eso no podía irse aún del pantano y continuar su periplo. Ahora la Magna Asamblea había tomado Lodestone en respuesta a lo de aquel día, y recaía sobre su persona la obligación de solucionar, o por lo menos tratar de solucionar esto.
Por puro instinto, me puse en pie de un salto y comencé a dar vueltas frenéticamente por mi habitación, buscando entre mi colección de “objetos no tan inútiles” algo que pudiera servirle, por poco que fuera. La habitación acabó hecha in desastre, como si hubieran entrado a robarla, y no logré encontrar nada que fuera a marcar una diferencia mínima siquiera. Me hallaba derrotado, sentado en el suelo en el centro de la sala, mirando fijamente un pequeño cubo de metal que emitía el mismo sonido cada amanecer, hasta que se le indicaba con un golpe que cesara, un maldito despertador mágico.
Lancé el cubo despertador con rabia hacia la pared, y después de rebotar ligeramente en esta cayó al suelo con un golpe seco que despertó mi curiosidad. Al acercarme al lugar donde había caído este vi que la baldosa de piedra sobre la que se encontraba estaba despegada del suelo. Reaccionando sin pensar, extraje la baldosa al completo, y sosteniéndola sobre mis muslos me miré mi brazo izquierdo intacto.
Yo también sabía lo que hacer.
En un intento desesperado por minimizar el dolor que iba a sentir, intenté hacer memoria sobre todo lo que sabía sobre mi poder. Al comienzo de esta crónica había comentado que si no dejaba la propiedad de un objeto al azar mis habilidades podrían no funcionar, pero esto no era del todo cierto. Lo que realmente ocurría es que notaba que dotar de una propiedad preseleccionada a un objeto requería un esfuerzo mayor, entiéndase como subir una pendiente frente a caminar en llano, y el ángulo de esta pendiente era mayor cuanto más poderosa era la propiedad que elegía. Pocas veces me había aventurado a subir esta cuesta, y habían sido las veces que había acabado con una sensación de pesar en mis brazos, eran advertencias de quienquiera que fuera mi Patrón.
Se me ocurrió que podría dotar al objeto de propiedades indeseadas también, con tal de equilibrar el coste de su creación, aunque no tenía forma de saber si esto tendría siquiera impacto, o si este impacto sería beneficioso. Tampoco quería proporcionar propiedades que supusieran un gran problema para Boreas y sus hombres tampoco.
Finalmente, acabé dando con la siguiente lista de propiedades:
- Todo el que toque esta losa y active su poder convertirá en dominantes los genes recesivos de sus antepasados, despertando capacidades que se podrían haber dado por perdidas en su especie.
- Para activar la piedra será necesario alimentarla con materias primas de gran valor, así como formular sin error la oración de activación.
- Los cambios que produce la losa en los genes de un individuo pueden no ser completos, o incluso no ser permanentes, esto se deja al azar.
- Los cambios que produce la losa en los genes de un individuo no son trasmisibles genéticamente, y la siguiente generación requerirá activarla de nuevo si quiere gozar de los mismos beneficios.
Teniendo delante la lista que acababa de escribir, procedí a posar la mano sobre la losa con la intención de otorgarle todas y cada una de las características arriba expuestas. Esta no tardó en comenzar a hincharse y burbujear, la sangre bajo mi piel estaba comenzando a hervir. No era como lo que describí en Lodestone, esta vez era algo más lento y doloroso, luchaba por mantener la consciencia y permanecer concentrado en las propiedades del objeto mientras soportaba un dolor extremo que me recorría todo el cuerpo. Mi brazo comenzó a tornarse al rojo vivo, verdaderamente se sentía como si lo tuviera sumergido en un lago de lava. Finalmente, perdí el conocimiento.
Durante mi letargo pude ver el indescriptiblemente hermoso rostro de la entidad que había otorgado mis poderes. Respondía al nombre de Entropia, Diosa de la Fortuna. Desconozco si esta visión fue genuina o producto de mi estado febril, y no considero que sea parte fundamental de la crónica que ahora escribo, por lo que me abstendré de entrar en detalles sobre lo que allí se habló.
Cuando desperté me hallaba sobre la losa de piedra, ahora cálida al tacto, y al pasarle la mano por encima pude confirmar que mi plan había sido un éxito: presentaba todas y cada una de las propiedades que había querido darle. No tuve tiempo de celebrar mi éxito, pues al pasar el brazo por la losa también pude apreciar en mis carnes la agonía viva de una quemadura profunda recién recibida. He de decir que algo bueno se podía extraer del imposible estado de mi brazo izquierdo, por lo menos, ya que por primera vez en los meses que había tenido la aflicción del derecho no me parecía que estuviera tan grave, comparativamente hablando.
Mirando a través de la ventana, vi que aún no se había puesto el sol, una vez más haciendo gala de mi suerte. Sin más dilación, recogí la losa y soporté el dolor hasta llegar al lugar donde se encontraban estacionados Boreas y sus hombres, quienes estaban a punto de partir.
Por el camino había ido dejando un débil rastro de sangre, y esto sumado a lo raídos que habían quedado mis ropajes había hecho que no se me acercara nadie durante el trayecto, si bien no era difícil apreciar que los que me miraban lo hacían con enorme aprensión. Cuando me presenté ante Boreas se dirigió a mí con una expresión de sorpresa.
“¿Qué haces aquí? Deberías estar descansando, mira el aspecto que tienes. Más vale que no hayas venido a detenerme, ya sabes lo que deo hacer”.
“Tranquilo, no tengo intención de detenerte. Tenía que venir a despedirme, amigo”.
“¿Tú no haces preparativos? Pensé que querrías dejar la ciudad cuanto antes”.
“En eso no te equivocas, pero mis preparativos ya están hechos. Están aquí mismo”.
Tras esto le tendí la losa de piedra, y al hacer esto pudo apreciar el estado de mi brazo izquierdo. Una profunda expresión de terror le recorrió el semblante, había comprendido instantáneamente lo que pasaba.
“¿Qué has hecho, Norman…?”
“Algo que os dará no solo a fuerza para resolver este asunto, sino para solucionar los problemas de tu nación, todo a la vez”.
“¿¡QUÉ HAS HECHO!?”
“Tiene el mismo efecto que lo que te hice a ti, pero diluido y reusable. Todos tus hombres se volverán más fuertes”.
El pobre Boreas no sabía cómo reaccionar. Estaba inundado de ira, por mi forma egoísta de actuar, y de profunda melancolía, porque una vez más había decidido llevar mi estado de salud a peor para serle de ayuda. Casi parecía que se estuviera conteniendo para evitar darme un puñetazo, dada la diferencia de tamaño y fuerza, posiblemente habría podido matarme de un solo golpe, qué digo, un chorlito habría bastado, pero antes de que pudiera haber continuado interrogándome fútilmente, un grito ajeno nos interrumpió:
“¡Lo que sostienes es la creación de un héroe, ¿verdad?!”
“¡El forastero decrépito es un héroe, nos lo ha dicho la sacerdotisa del templo!”
“¡Él es la fuente de todos nuestros problemas, acaba con él, Boreas!”
Parecía ser que, al alzar la voz, Boreas había inconscientemente llamado la atención de los transeúntes, quienes estaban ya al tanto de mi situación como héroe. Por suerte, a pesar del estrés al que estaba sometido en ese momento, su reacción fue rápida e impecable:
“Queridos conciudadanos del Gran Pantano, pido disculpas si esa es la idea que tenéis de mi sirviente, mas salta a la vista que no son más que habladurías. Es cierto que afirma ser un héroe, pero no es más que el triste producto de los delirios que sufre debido a su condición. ¿Acaso lo veis siquiera capaz de ganar un pulso a un infante de cinco años?”.
El murmullo de la calle no cesaba, pero daba la impresión de que estaban satisfechos con la explicación. Boreas vio en esto una gran oportunidad que no tardó en aprovechar.
“Pero ya que estáis varios aquí reunidos, no me parece mejor momento que este para haceros un regalo antes de partir. Este artefacto que tengo aquí es una reliquia real de mi nación, es capaz de otorgar a cada persona la fuerza de sus antepasados. En breve uno de mis hombres os hará una demostración de su uso, y lo donaré a esta ciudad, de tal forma que podáis salir victoriosos de esta guerra no con el poder de otros, sino con el de vuestro propio pueblo”.
Xendar hablaba con una voz grave y taciturna, para mí era evidente que estaba haciendo el mayor esfuerzo del mundo por no caer de rodillas y romper a llorar. No solo estaba humillando públicamente a alguien que consideraba un amigo, sino que había sido obligado a aceptar mis acciones a pesar de lo mucho que habría querido evitarlas. En cuestión de segundos, el ambiente en la calle había cambiado drásticamente.
Procedió uno de los hombres de Boreas a hacer la demostración que habían prometido, para lo cual le hice entrega del papel donde explicaba las propiedades. La placa absorbió un buen puñado de monedas de platino, tras lo cual el soldado comenzó a recitar las palabras que había dejado indicadas para su activación.
“Oh, gran Jötunn Boreas, poderoso guerrero de antaño, acepta esta humilde ofrenda y otórgame la fuerza de mis ancestros, otrora resplandeciente y ahora en profundo letargo”.
Agradezco a los cielos que fue el soldado quien quiso leer en persona la oración, en lugar de dejar que su rey se la dictase. Durante la demostración pude ver cómo el semblante de Boreas se tensaba, y cómo sus puños cerrados comenzaban a gotear sangre, no creo que hubiera sido capaz de terminar de dictarla de haber sido así. Por desgracia para Xendar, había previsto que esta era la idea que tendría en respuesta a los reclamos de los marinos. Si haber podido hacer nada para evitarlo, había permitido que yo lo nombrase salvador del Gran Pantano, con una oración que me borraba por completo de la escena, situándolo a él como único responsable de la existencia de este objeto.
Tras terminar el ritual, el cuerpo del soldado comenzó a crecer, como asumo que hizo el de Boreas en Lodestone, y tras unos segundos en los que se notaba cómo apretaba los dientes, finalmente acabó alcanzando una complexión muy similar a la del monarca, aunque algo menor y con cuernos de menor tamaño.
Entre los gritos de euforia de los marinos, los hombres de Boreas se sucedieron uno tras otro en el ritual de la losa de piedra, transformándose todos ellos en gigantes de escarcha y logrando enfriar el ambiente de la calle hasta formar una densa neblina baja que cubría hasta las rodillas.
Quizá Boreas quería decirme algo respecto a esta situación, quizá no habría sido capaz de abrir la boca sin perder la compostura, pero lo cierto es que no me quedé a darle oportunidad de ninguna de esas cosas. Para cuando todos los hombres de Xendar habían completado el ritual, yo ya había vuelto dando tumbos a mi habitación, donde perdí el conocimiento.
Sabía que tenían que partir de inmediato, no podían arriesgarse a llegar antes de que el contador de piedra llegase a 0, por lo que cada minuto contaba.
Lo siento, gran amigo, te he utilizado como quien tira de los hilos de una marioneta, en contra de tu voluntad.
De verdad que lo siento.
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