5 - Cicatrices y Demonios

Después del incidente de aquel día en Lodestone, una vez mi cuerpo dio por concluido el enfrentamiento y consideró que volvía a estar a salvo, no tardé en perder el conocimiento de nuevo debido al dolor que seguía sufriendo. Lo siguiente que sabía era que había sido trasladado a la Capital del Mar por los hombres de Boreas y que, un sacerdote tras otro, daban por imposible la tarea de sanar mi brazo derecho. La calcinación que describí en el capítulo anterior sí que fue posible revertirla, pero aquello se trataba tan solo del principio.

Verdaderamente mi brazo ha cobrado un aspecto aterrador. Está abultado, lleno de quistes y úlceras, permanentemente adormilado, y capas preocupantemente anchas de piel muerta se me caen a diario como si tuviera puesto un viejo guante de goma en descomposición. Este brazo ya no es mío.

Lo que más me aterra es que reconozco estos síntomas, en el mundo del que vengo es lo que se conoce como “envenenamiento por radiación”, y solo los casos más severos llegan a presentar un aspecto tan evidente. Me hace pensar que he recibido una dosis más que letal de radiación, pero ya ha pasado más de un mes desde entonces y sigo vivo. De hecho, si bien el aspecto de mi brazo sigue empeorando cada día, el resto de síntomas asociados a la radiación que estoy sufriendo son sospechosamente leves, como si el envenenamiento estuviera “anclado” a mi brazo. Realmente parecía como si con mi osadía en Lodestone hubiera logrado enfadar al dios que me otorgó este poder y me hubiera impuesto esta aflicción como advertencia.

Eso me recuerda, en mi mundo existió un macabro artefacto conocido como Demon Core, capaz de emanar suficiente radiación a su alrededor como para acabar en cuestión de días con la vida de cualquiera que fuera lo suficientemente incauto como para acercarse más de la cuenta, y es que este artefacto en su día se cobró numerosas víctimas. Resulta poético que un dios de este mundo me haya impuesto una condición que en el mío se asociaba a los cruenes demonios.

Pero estoy divagando, pido disculpas. Volviendo a la historia que nos concierne, lo cierto es que durante mi reposo forzado en la Capital del Mar logré hacer buenas migas con Xendar Boreas. Le revelé sin tapujos mi condición de héroe, así como cualquier ínfimo detalle que supiera sobre mis poderes. Después de lo acaecido en Lodestone, consideraba que era el mejor curso de acción, es más, le debía mi vida a aquel hombre. Si después de contarle todo esto hubiera considerado que debía acabar conmigo no habría hecho el menor intento de resistirme.

No obstante, es de Boreas de quien hablamos, nunca he conocido a persona más bondadosa y sensata. A pesar de que esta nueva información le entusiasmaba sobremanera, ante todo mantuvo un semblante sereno, y me garantizó que mientras él viviera haría todo lo posible por mantenerme a salvo.

También fue durante este tiempo que hablamos sobre los cambios que había sufrido su cuerpo debido a mi poder. Como ya comenté anteriormente, soy capaz de saber las propiedades que otorgo a todo objeto que convierto en mágico, y parecía ser que un ser vivo no era una excepción a esta regla. La transformación que le había sufrido Boreas había sido causada por la repentina transformación de varios genes recesivos que poseía de antepasados lejanos a dominantes, convirtiéndolo a marchas forzadas en un gigante de escarcha verdadero como los que antaño existían en su país.

Al contrario que como ocurre con objetos inertes, sin embargo, mi intromisión en su información genética parecía haberle dejado una enorme cicatriz en la espalda, somilar a un tatuaje. Tenía el aspecto de una majestuosa tortuga marina con un caparazón muy acentuado y agresivo. Del centro del caparazón brotaban sendas estrías que recorrían toda la espalda del guerrero como si de grietas se tratasen. Boreas me afirmaba que no le dolía en absoluto, pero no pude averiguar si realmente lo decía de forma honesta o simplemente quería evitar que me preocupara. Me habría encantado realizar una ilustración de aquella marca, pero si mis habilidades para sujetar un lápiz y realizar un boceto decente ya dejaban bastante que desear de por sí en su día, con el dolor que ahora recorría constantemente mi cuerpo me fue más que imposible.

Me temo que he de acelerar el ritmo de esta crónica. No fue posible sanar las quemaduras de mi brazo derecho ni con la magia más poderosa de los sacerdotes del Pantano, por lo que en este momento me encuentro escribiendo envuelto en un horrible dolor, presionando la pluma contra mi palma adormecida y necrosa con la ayuda de las vendas que debería estar usando únicamente para reposar. Pedí personalmente a Boreas que no se me amputara este brazo a pesar de su estado, quería ser capaz de utilizar todo lo que estuviera a mi disposición, dados los tiempos de conflicto que se avecinaban. Además, es a través de mis manos que soy capaz de crear objetos mágicos, tenía la certeza de que iba a necesitar ambas pronto. Es por esto que pido disculpas si la calidad de mi prosa se ve afectada por este predicamento, realmente hago mi mayor esfuerzo por mantener el pulso firme.

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