8 - Ocho

Después de la última discusión que tuvimos, Boreas y yo no nos habíamos vuelto a dirigir palabra. Yo, como imbécil que soy, no me había dado cuenta aún de la magnitud de la falta de respeto que había formulado aquella tarde, y frecuentemente salía a pasear por las ajetreadas calles de la Capital del Mar con tal de poner mis ideas en orden. Boreas, sin embargo, tenía cosas más importantes de las que preocuparse.

Todo sucedió muy rápido. A escasos días del incidente imperial en la Capital del Mar, llegó a esta una enorme cantidad de ciudadanos desde la zona occidental del Gran Pantano. Parece ser que la Magna Asamblea había tomado sin esfuerzo el control de Lodestone y se había producido un éxodo masivo. Esto, por supuesto, se me presentaba como la peor de las situaciones posibles. Mientras que existía la posibilidad de que hubiera uno o más héroes entre las filas del recién fundado Imperio del Este, tenía la certeza de que la Magna Asamblea estaba formada única y exclusivamente por héroes, y si ambas potencias se encontraban en esta ciudad se podría producir un enfrentamiento que podría hacer parecer un mero juego de niños al presunto torneo de artes arcanas del sureste.

Lo que sucedía en aquella remota región carecía de propósito, eran un puñado de críos con poderes por encima de sus capacidades morales tratando de demostrar individualmente que eran los más fuertes, pero esto era distinto, estamos hablando de dos naciones de pleno hecho, con jerarquías internas y potencial militar. Tenía que huir de ahí, y dadas las circunstancias de todo lo que ocurría a mi alrededor, quizás mis únicas dos opciones eran poner rumbo a la escarpada cordillera dracónica, al sur de aquí, o dirigirme hacia el gran archipiélago que se hallaba en el lejano norte.

Mientras me debatía sobre el rumbo a tomar, un pequeño terremoto sacudió toda la ciudad, muy débil para llegar a causar problemas reales, pero lo suficiente como para que todos sus ciudadanos lo notaran. Acto seguido se empezó a correr la voz de que una estructura extraña había surgido en la Plaza de los Bardos, por lo que decidí ir a mirar.

Lo que vi me dejó sin palabras, la extraña estructura no era más que un número ocho, elevado en altorrelieve alrededor de medio metro desde el suelo de piedra. Lo que me sorprendió realmente, más que el número en sí, era que estaba escrito en numeración arábiga, la cual seguramente no conozca el lector. Hasta donde tengo entendido, en ninguna de las naciones de las que tengo constancia se utilizan sistemas de numeración remotamente parecidos a ninguno de mi mundo, mucho menos sistemas de escritura.

Este número traía consigo un mensaje implícito muy claro: sabían de mi existencia, querían al responsable de la reciente muerte de uno de sus integrantes. Mismamente, el terremoto que había precedido a este mensaje era una clara advertencia: tenían fuerza más que suficiente para acabar con el Gran Pantano sin despeinarse. Fue entonces cuando tuve claro que daba igual a donde huyera, no buscaban ampliar sus territorios, ni les importaba lo que quisiera hacer el Imperio del Este con la Capital del Mar, me buscaban a mí.

Parece ser que fui demasiado transparente en mi realización, y cuando me quise dar cuenta la gran mayoría de la gente en la plaza no estaba mirando al mensaje de la Magna Asamblea, sino a mí. Por fin pude confirmar mis sospechas de que algo extraño pasaba a nivel general, parece ser que había corrido el rumor de que yo era un héroe, y las expresiones de los que me rodeaban eran de hostilidad, me culpaban de todo lo que les estaba sucediendo.

Esto puede parecer algo natural al lector, y seguramente sería la reacción a esperar en cualquier sitio, pero creo que no he hecho suficiente énfasis en lo ilógicamente inquebrantable que es la moral marina. Nunca, desde que había dado comienzo este conflicto, había notado que supusiera un problema para este pueblo la existencia de los héroes. Como ya dije anteriormente, el enfrentamiento de Lodestone era visto como una “anécdota de taberna”, combustible para bardos sin más, e incluso tras semanas de asedio imperial el sentimiento general de esta gente seguía siendo más que positivo, desafiante incluso, es por eso que me mosqueaba tanto que de repente su postura flaqueara tanto ante el concepto de “héroes”.

Cada vez tenía más claro que esto tenía que ser obra de la Magna Asamblea, y esto explicaría que no me estuviera afectando a mí, dada mi condición de héroe. Por lo menos ahora sabía que, entre las filas de la Asamblea se encontraban un poderoso geomante y alguien capaz de afectar en masa a la reacción de la gente a ciertos conceptos.

Los hasta ahora hospitalarios habitantes de la Capital del Mar se me acercaban lentamente, seguramente no con buenas intenciones, pero antes de que ninguno de ellos llegara a hacer nada, una enorme mano gélida se posó sobre mi hombro izquierdo. Al mirar hacia arriba vi que se trataba de mi gran amigo Boreas. Una seria expresión marcaba su rostro, tenía la mirada perdida hacia el oeste, en la dirección general de Lodestone, y esto era más que suficiente para que supiera lo que tramaba.

Con la escolta de Xendar pude volver sin ningún incidente a mi residencia temporal, donde finalmente le expliqué mi razonamiento respecto a lo que vi en la plaza. Si bien el número elegido podía representar el número de integrantes de la Asamblea, o alguna información por el estilo, lo más sensato era ponernos en lo peor y asumir que representaba el número de días de gracia que nos daban para llevarme ante ellos, antes de arrasar la Capital del Mar. Vi la determinación en los ojos del gigante. Bien es cierto que me había dejado claro anteriormente que no pensaba inmiscuirse en los asuntos políticos del Gran Pantano con el Imperio del Este, pero esto era distinto, Boreas se culpaba de la actuación de la Magna Asamblea, consideraba que tenía parte de la culpa de que se hubieran interesado tanto con el pantano, y por tanto pensaba que le correspondía solucionarlo.

Ambos éramos conscientes de que él y sus hombres no tenían nada que hacer contra los héroes de la Magna Asamblea, pero su semblante me decía que no había forma alguna de que le pudiera sacar esa idea de la cabeza. Resignado, me limité a despedirlo con un “no cometas ninguna locura, por favor”.

Boreas abrió varias veces la boca, pero parecía ser que no lograba articular lo que quería comunicarme. Finalmente, lo único que fue capaz de decirme fue:

“Tengo que hacerlo, Norman. Lo siento”.

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